12 de septiembre de 2011

La casa del cambio (1): la ceguera


Parece que es el tema de moda en las guardias, que las personas que llevan años trabajando en el hospital, aunque hayan sido pocas veces las que han hablado conmigo, me miran y me preguntan que cómo llevo el último año de residencia, que qué me voy a llevar de este periodo y si tengo pensado qué hacer cuando termine.

Deben notar de algún modo que me quedan meses para terminar; quizás mi gesto se haya ido endureciendo después de escuchar tantas historias de dolor, tal vez sea la actitud que tomo ante los problemas o simplemente es que suponen mi final después de verme ya muchos años por los mismos pasillos.

En cualquier caso, yo ya no soy el mismo. El hospital ha ido cambiando mi forma de pensar como si ésta fuera un material tenaz, pero finalmente maleable; como cuando Bastian en "La historia interminable" vive en la Casa del Cambio y la fuerza transformadora de ésta hace que él deje de ser el que en un primer momento fue.

Mi cambio lo he notado en muchas cosas, algunas buenas y otras malas; y como adularme me gusta lo justo, yo prefiero contar las malas, para que no caigan en los mismos errores que yo. En concreto, en número de tres.

La primera de ellas quizás sea la más grave y la que más me preocupa, que es la ceguera ante lo que no está bien. Es de suponer que cuando uno entra en el hospital de residente, joven e idealista, habiendo trabajado poco o nada como sanitario, la perspectiva de la enfermedad sea más cercana a la del enfermo que a la del médico que lleva años ejerciendo. En ese primer tiempo, se percibe mejor lo que hacen a los enfermos sufrir y se puede decir claramente "esto está mal; esto no se está haciendo pensando en el enfermo en primer lugar".

Con el paso del tiempo, uno se va acostumbrando irremediablemente a ver la enfermedad desde el otro lado, el del sanitario, y se pone una venda ante el sufrimiento humano, cayendo en los errores que un día criticó. Yo ya sabía que durante los primeros meses de trabajo debería haber escrito en un papel lo que me parecía que estaba mal hecho. Hoy ya me he acostumbrado a esos malos hábitos, los veo con normalidad, soy incapaz de identificarlos y lo que es peor de todo: ni siquiera recuerdo cuáles eran.

Continuará...

Foto: La casa del cambio.

7 firmas. Añade tú la tuya:

taitechu dijo...

Me encanta el libro que citas porque forma parte de mi despertar lector, allá por mi juventud, y me encanta el símil. Todas las experiencias nos cambian y nos hacen madurar. Yo tampoco soy la misma que aquella que empezó a trabajar hace ya un porrón de años. Lo bueno y lo que dice mucho de ti es que seas consciente de que no podemos dejarnos llevar por ciertas inercias aunque tampoco podamos hacer mucho por cambiarlas.

@RafaelTimer dijo...

No apartar la vista ante lo malo. Muy bueno.

adelapingui dijo...

Yo como paciente "novata" ya que anteriormente poco he necesitado de los médicos, creo, y ha sido una reflexión reciente, que no tenéis más remedio que tener un comportamiento como el que tu tienes ahora. Creo que forma parte de vuestro trabajo, la distancia tiene que existir, el enfermo siempre es un poco egoísta y tira y tira del que está al lado, sobre todo del medico del que espera todo.

No te sientas responsable del sufrimiento, si puedes calmarlo, seguro que lo harás, si no...

@Juanatalavera dijo...

Honestidad a tope

María dijo...

estoy esperando la segunda parte.

enfermero9 dijo...

Magnífica reflexión, aunque por otro lado: ¿qué dosis de dolor serías capaz de soportar antes de quemarte si no pusieras algo de distancia?.
Un abrazo. Te llamo.
Rafa.

Yáiza dijo...

Creo que entiendo lo que comentas. Des de el humilde punto de vista de estudiante en prácticas es todavía más obvio. Seguramente, en 3º o 41 de carrera hemos estado más veces en consultas por el lado del paciente o familiar, que en el lado del médico. Y te das cuenta de lo que te gusta y de lo que no te gusta, hay actitudes que apruevas y actitudes que no tragas. Y piensas que tu no vas a ser así. Pero te acostumbras. Yo siempre he entendido lo que explicas como ponerse una coraza. La primera vez que vi y hoy hablar una mujer con una depresión bastante importante en Neuro, me llegó hasta el fondo del alma y casi me pongo a llorar ahí mismo. Un mes y medio después, las depresiones pasaban por delante de mis narices sin alterarme más que una uña encarnada.

Nos acostumbramos al sufrimiento ajeno, y puede que no sea bueno que esto pase. Pero, ¿podríamos llegar a ejercer sin acostumbrarnos?